De vez en cuando los compañeros, los hombres, hacen un ritual, por llamarlo de alguna manera. En ocasiones se acercan sigilosamente hacia alguien que, por lo general, está concentrado en su computadora. Mientras varios, siempre hombres, de la redacción o de diagramación lo rodean lentamente, ese ser que no sabe lo que se avecina sigue sumergido en el mundo de las noticias que hay que contar en las páginas. La escena es así: las manos de esos agazapados periodistas y diagramadores impactan unas tras otras contra la humanidad de la víctima. Los motivos de quienes son los elegidos nunca son tan claros como el rojo intenso que queda en el rostro de quien recibe los impactos que, por segundos instantáneos, cambian el ritmo de la redacción. Entre las risas de la víctima y los victimarios, doy gracias: creo que mi condición de dama me protege de ser candidata a formar parte del ritual.